- a Romina Berenice Canet
Recuerda que las heridas se abren de cuajo cuando en lo profundo de la noche tornan sus ojos de obsceno jade verde
en esa repentina vacilación se intensifica la soledad
entonces mastica el silencio a pesar de su olor rumiante
pues la memoria es un aceite pesado que liba imágenes
quema las ansias quémalas en el caballo de los sueños
rompe contra el muro los huesos rómpelos para caer sin lástima
en la resolana de las cenizas
y no es posible cantar porque la voz no es para el canto
porque en este lapso el tono sería un aullido
sólo una lánguida y descarnada inflexión
cómo suplir tanto vacío
cómo suplirlo sino puedes amar como has amado
ni sostenerte en pie en la ciudad que te consume con cada una de sus fantasmagorías
arriba bien arriba hacia el reposo hacia el altar de fuego de los dioses
quema las ansias quémalas en el caballo de los sueños
pero aún en el extenso devenir queda flameando un rostro
que es flagelado por el viento
por el olvido
y aunque muerdas la medalla de piedra que pende sobre su pecho
aunque reseques tu dolencia la sangre siempre ha sido roja
y el ahorcado ha pendido de algún árbol a la vez terrible y majestuoso
porque todo nace y culmina por más que tus manos junten el polvo
el leve polvo de los que ya se han ido
y la casa es el lugar en donde procuras guarecer las penas
es el lugar en el que puedes tocar por un instante el aura de la luz
el instante en que todo el universo respira contigo
en que se abren todos los laberintos y se proyectan todos los centros
y hablamos de tiempos detenidos y de espacios quebrados
de proyecciones que vienen del pasado y te anudan a la tierra
a sus soles sudorosos a sus exilios de azufre y lágrimas
a un hombre y una mujer sentados juntos en la plaza extasiados en la mirada que convoca lo más salvaje de la criatura humana
y ahora como si una puerta quedara cerrada para siempre
aislándote del jardín que conocías te muestra el infinito y brota el miedo de la levedad del ser la sentencia firme de que tu carnet de condenado ha caducado y tienes que partir hacia lo desconocido
aunque fluye luz todavía en los ojos del hombre moribundo
es que la casa suspendida en la visión te regresa a sus brazos de araña
y es la caída en la lenta caída que el cuerpo queda abandonado
y el beso es la eternidad
la transparente magia
donde reaparece el umbral extraviado
bajo una luna ausente y sin brillo
y comienza la otra vida la inexplorada
la contenida en los cielos invertidos
y es donde la nueva hora pulsará distinto
y lo que adviene te desgarra y deja al fin que veas la intemperie
que te veas a ti mismo...
en esa repentina vacilación se intensifica la soledad
entonces mastica el silencio a pesar de su olor rumiante
pues la memoria es un aceite pesado que liba imágenes
quema las ansias quémalas en el caballo de los sueños
rompe contra el muro los huesos rómpelos para caer sin lástima
en la resolana de las cenizas
y no es posible cantar porque la voz no es para el canto
porque en este lapso el tono sería un aullido
sólo una lánguida y descarnada inflexión
cómo suplir tanto vacío
cómo suplirlo sino puedes amar como has amado
ni sostenerte en pie en la ciudad que te consume con cada una de sus fantasmagorías
arriba bien arriba hacia el reposo hacia el altar de fuego de los dioses
quema las ansias quémalas en el caballo de los sueños
pero aún en el extenso devenir queda flameando un rostro
que es flagelado por el viento
por el olvido
y aunque muerdas la medalla de piedra que pende sobre su pecho
aunque reseques tu dolencia la sangre siempre ha sido roja
y el ahorcado ha pendido de algún árbol a la vez terrible y majestuoso
porque todo nace y culmina por más que tus manos junten el polvo
el leve polvo de los que ya se han ido
y la casa es el lugar en donde procuras guarecer las penas
es el lugar en el que puedes tocar por un instante el aura de la luz
el instante en que todo el universo respira contigo
en que se abren todos los laberintos y se proyectan todos los centros
y hablamos de tiempos detenidos y de espacios quebrados
de proyecciones que vienen del pasado y te anudan a la tierra
a sus soles sudorosos a sus exilios de azufre y lágrimas
a un hombre y una mujer sentados juntos en la plaza extasiados en la mirada que convoca lo más salvaje de la criatura humana
y ahora como si una puerta quedara cerrada para siempre
aislándote del jardín que conocías te muestra el infinito y brota el miedo de la levedad del ser la sentencia firme de que tu carnet de condenado ha caducado y tienes que partir hacia lo desconocido
aunque fluye luz todavía en los ojos del hombre moribundo
es que la casa suspendida en la visión te regresa a sus brazos de araña
y es la caída en la lenta caída que el cuerpo queda abandonado
y el beso es la eternidad
la transparente magia
donde reaparece el umbral extraviado
bajo una luna ausente y sin brillo
y comienza la otra vida la inexplorada
la contenida en los cielos invertidos
y es donde la nueva hora pulsará distinto
y lo que adviene te desgarra y deja al fin que veas la intemperie
que te veas a ti mismo...
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